miércoles, 31 de agosto de 2011

El Mapuchómetro y los Dogmas del Indígenismo


Por Rodrigo Marilaf
Julio 2011
Como pueblo colonizado, los mapuche repetimos por boca propia los designios ajenos del colonizador. Cierto, no nos damos cuenta. De eso se trata precisamente la colonización. Confundir nuestra identidad y asimilarnos. Que no sepamos lo que somos (al menos no realmente, más allá de la imagen que ellos crean de nosotros) y que mucho menos pensemos en lo que queremos ser.


Personalmente muchas veces me ha tocado asistir a talleres identitarios, la mayor parte de ellos pagados con fondos públicos de CONADI o el fenecido programa Orígenes. Especialistas no-mapuche a veces (generalmente antropólogos), y la mayor parte de las veces “especialistas mapuche” dibujan el círculo perfecto de la identidad: “ser mapuche es tener una cosmovisión distinta”, “ser mapuche es tener y practicar una espiritualidad mapuche”, “ser mapuche es vivir en la comunidad y vivir de la tierra”. Esta forma de definición de la identidad, totalmente restrictiva, impide ampliar e incorporar a otros mapuche a una lucha política de liberación que –para avanzar y crecer socialmente- debe ser cada vez más cívica, territorial y democrática, pluralista y abierta a la diversidad interna de un pueblo. Lo contrario más parecería un movimiento confesional de defensa de las “libertades religiosas”, más que la lucha política de un pueblo por su libertad en el más amplio sentido de la palabra.

He escuchado incluso a algunos sostener la peligrosa aberración de que ser mapuche es “tener sangre pura”. De allí a caer en discursos raciales y pseudo nazis del “buen salvaje” mezclado con ideas indianistas (de regreso al pasado) con ideas anarquistas y/o “revolucionarias” hay un solo paso. Este pastiche altamente toxico, muchas veces cargado de odiosidad hacia todos quienes no comparten esta visión, es parte de lo que hoy ingieren aquellos sectores que intentan reconstruir su identidad a la luz del actual movimiento mapuche. Este es el pastiche que han ingerido aquellos que hablan con el ceño fruncido y ven el mundo dibujado en blanco y negro.
Las idealizaciones y círculos perfectos de lo que somos (o mejor dicho, de lo que “deberíamos ser”) no ayudan de mucho al esfuerzo por descolonizarnos. Se trata, en lo fundamental, de una mirada que retrotrae todo lo mapuche a una esencia de un pasado más o menos idealizado y que muy poco tiene que ver con lo que realmente fuimos y mucho menos con aquello que queremos ser. Se habla, por ejemplo, de las “comunidades” como si estas hubiesen existido “ancestralmente” hace miles de años y no como lo que realmente son: entelquias creadas hace poco más de cien años por el estado para el confinamiento de las familias sobrevivientes de la guerra de ocupación. Literalmente “reducciones indígenas” como fueron llamadas en los títulos de merced. Campos de refugiados se diría hoy en día.
Se trata, eso sí, de un discurso muy extendido, sobre todo en sectores juveniles desarraigados en las ciudades, sobre todo de la diáspora. Un discurso por medio del cual intentan aferrase a una identidad y cultura que vagamente conocen y que fácilmente idealizan. Es una especie de “enamoramiento del pueblo mapuche” que les presentan, y que como todo enamoramiento parte de una idealización que bien poco tiene que ver con la realidad.
Esta forma de entender el ser mapuche y la opción por defenderla tiene que ver con que se cree que defendiendo las prácticas religiosas mapuche se defiende la cultura. De allí también deriva la idea que la principal expresión cultural mapuche es el nguillatun, y otros aspectos ceremoniales visibles. De allí también deriva la idea de que la principal responsable de la perdida de la cultura (así definida, como expresiones visibles y estancadas en el tiempo, como una esencia), son las religiones, la política, y en general, todos los agentes definidos arbitrariamente como “externos a la cultura”. Este diagnostico superficial, a veces simplemente irrisorio cuando se hace rabiosamente través de modernos medios como el facebook y el internet, llega al punto de culpar a la iglesias evangélicas de la perdida de la lengua, dejando en la completa inocencia a las prácticas de alfabetización monolingüe en castellano (principal responsable de la perdida de la lengua propia en estos cien años de ocupación) y a las políticas de estado diseñadas en tal sentido o el rol evangelizador jugado por el catolicismo durante más de tres siglos en el Wallmapu.
Esta forma cerrada y retrograda de concebir nuestra identidad tiene su más remoto origen en la década del 70 en simposios y congresos internacionales donde muchos dirigentes de los así llamados “pueblos indígenas” escuchan y aprenden de especialistas no indígenas lo que supuestamente eran los indígenas.Así ocurrió en las Conferencias de Barbados I y II en el año 1975 y 1977 respectivamente. Por cierto todos ellos “objetos de estudio y estudiosos” siendo parte del masivo éxodo y revisión de todas las viejas tesis de la izquierda marxista y en búsqueda de nuevos actores y sujetos históricos. El harakiri de esa vieja izquierda intelectual derrotada. De ese proceso de revisión no sólo político, sino también académica, emerge “lo indígena” como un “nuevo sujeto político” y el “neo indigenismo” e “indianismo” como sustrato ideológico que se resume en dos tesis que por su simpleza configuran rápidamente un sistema de pensamiento tan elemental como débil:
 “Todo lo propio es bueno y todo lo ajeno es malo”, (1º tesis). Para el caso nuestro “todo lo de la cultura mapuche es bueno y merece mantenerse y defenderse, mientras que lo “wingka” es contaminante”.

Extraído de lo anterior:

“todo lo de nuestro pasado era bueno y todo lo actual es malo, contaminante”. (2º Tesis). Esto es muy congruente con eso de que “todo tiempo pasado fue mejor”, pues el pasado se idealiza. De allí también deriva la compulsión por mirar enfermizamente el pasado e incluso plantear, explícita o implícitamente una vuelta atrás. De allí también la dificultad de estas ideologías para mirar hacia adelante en términos de un proyecto político hacia el futuro.

De estos dogmas se desprenden una serie de sencillas ideas muy extendidas en el actual movimiento mapuche. En primer lugar aquella que señala que las comunidades mapuche vivían y viven en una relación de armonía con la naturaleza y en un sistema social de relaciones horizontales. Se trata, por cierto, no sólo de un mito (el mito antropológico del “buen salvaje”), sino también de una visión de la cultura completamente estancada en el tiempo y a-histórica. Basta con conocer un poco de nuestra historia y aplicar un poco de sentido común para darnos cuentas que esta idea no tiene patas ni cabeza. Otra idea derivada de los dogmas indigenistas es aquella según la cual los mapuche seriamos un “pueblo originario”. Pero cabe preguntarnos, ¿originario respecto de qué?, ¿respecto del estado?. Una idea como está es simplemente aberrante porque define nuestra existencia y legitimidad como pueblo en relación al estado que nos oprime. Esta idea implica legitimar aquello de que los “mapuche somos los indígenas de chile”, “los verdaderos chilenos”. Lo decía Matías Catrileo, nosotros no somos los indígenas de chile, no somos parte de su folcklore. Somos un pueblo diferente y (yo agregaría) nuestra legitimidad no radica en que seamos más o menos originarios (concepto absolutamente cuestionable pues todos los pueblos son el resultado de procesos de migraciones, traslados, síntesis con pueblos pre existentes y cristalizaciones culturales). En verdad, nuestra legitimidad como pueblo radica en el simple hecho de que somos un PUEBLO. Así tal cual: con mayúsculas. El PUEBLO MAPUCHE. Punto. La legitimidad de nuestros planteamientos y nuestras reivindicaciones radica en que, en tanto pueblo como nos reconocemos y afirmamos, tenemos el derecho democrático a la autodeterminación, pues todos los pueblos del mundo (sin excepción) tienen este derecho consagrado en la declaración universal de derechos humanos. En verdad, no requerimos demostrar que “vivimos en armonía con la naturaleza”, ni tan siquiera demostrar que “somos originarios” o que “somos un pueblo diferente porque somos horizontales” como parecen creer aquello que piensan como colonizados desde los dogmas del indigenismo y el indianismo.

Ambos dogmas, como todo dogma, para quienes creen en ellos son totalmente incuestionables. Pero la realidad está compuesta por una diversidad de colores y matices. La porfiada realidad muestra que ni todos los mapuche son buenos ni todos los no-mapuche son malos. No todo lo de nuestra cultura y de nuestro pasado es bueno ni merece mantenerse y, por cierto, requerimos integrar elementos del conocimiento universal para avanzar como pueblo, pues no todo lo ajeno es malo. Así lo entiende la mayoría mapuche que envía a sus hijos a estudiar al sistema formal de educación y que sueñan con que sus hijos sean profesionales. Así lo entienden los jóvenes mapuche y dirigentes de nuestro pueblo que han luchado y siguen luchando por becas estudiantiles, por hogares para estudiantes mapuche, por mallas curriculares con pertinencia cultural o por universidades propias que nos permitan pensar en futuro del Wallmapu. Así lo entendieron hace siglos los antiguos longkos que educaban a sus descendientes no sólo en el riguroso conocimiento del mapuche kimün, sino también en conocimientos propios del wingka con el objetivo de alcanzar una síntesis superior. Sin embargo, hay sectores mapuche, cada vez más minoritarios, que creen ciegamente que todo lo propio es bueno y todo lo ajeno es contaminante. Para ellos el cuestionamiento a sus dogmas es motivo de excomulgación y bien valdría el castigo de  la flagelación con una ramita de canelo sobre la espalda. La debilidad ideológica en este caso se expresa en intolerancia, rabia y molestia hacia cualquier forma de pensamiento libre, cuestionador. Su odiosidad instalada contra la intelectualidad de nuestro pueblo y sus representantes es un claro ejemplo de esta intolerancia. Frente a cualquier cuestionamiento, los partidarios de estas ideologías golpean la voz y fruncen el ceño pues en el fondo detestan confrontar sus ideas (porque las saben débiles) y prefieren esconderse bajo la falsa suposición de que “la práctica lo es todo” para -a continuación- descalificar a quién busca contribuir con sus ideas a un labrar el futuro de nuestro pueblo. Y así aparece el harto manoseado concepto de “yanacona” con el cual buscan descalificar y evitar el debate de ideas. Felizmente hoy son cada día son más los mapuche que se atreven no sólo a sumarse a la lucha de liberación, sino también a cuestionar los dogmas y los dirigentes que los sostienen.

Los nacionalistas mapuche debemos ser muy conscientes de que hoy estamos frente a un pulso ideológico entre aquellos sectores que defienden la construcción de nuestra nación con base a idealizaciones, prohibiciones y odiosidades y aquellos que queremos construir un futuro de autogobierno en libertad y con base a la realidad (tal cual es) y el amor profundo a nuestro pueblo (tal cual es). Un ejemplo de ésta tensión son los comentarios que despertó en las redes sociales  la movilización de los mapuche estudiantes de la FEMAE para demandar la Universidad del País Mapuche. Los comentarios iban desde aquellos que mayoritariamente respaldamos dicha reivindicación pues vemos en ella una universidad pública abierta a todos los ciudadanos del Wallmapu, pero orientada a pensar el desarrollo del País Mapuche desde la construcción de una nueva síntesis entre el conocimiento universal y mapuche kimün, hasta aquellos pocos que condenaron la iniciativa como “una cuestión wingka”. Por cierto, también hay posturas que quedan a medio camino, como la de aquellos que se imaginan la Universidad Mapuche como orientada exclusivamente hacia los mapuche.

Siendo todas las opiniones respetables, los nacionalistas mapuche debemos tener claro que la reconstrucción de nuestro pueblo y su liberación no puede hacerse mirando sólo hacia el pasado o pretendiendo retrotraer la historia hacia un pasado más o menos idílico y bastante idealizado. La reconstrucción de nuestro pueblo tampoco puede hacerse sobre las bases de la intolerancia entre nosotros o dando la espalda a la diversidad interna que nos constituye como pueblo. Por el contrario, la reconstrucción de nuestro pueblo y su liberación se debe hacer mirando al futuro y proyectándonos como pueblo en él, luchando no sólo por la libertad de nuestro pueblo, sino también generando espacios de libertad en su interior, porque sólo así podremos construir mayorías sociales que nos conducirán democráticamente a la libertad. Debemos estar conscientes que el movimiento mapuche sólo puede avanzar si pone el énfasis en aquellas grandes ideas que unen y nos proyectan al futuro (las defensas de las libertades, nuestra libertad como pueblo a practicar nuestra lengua en todas partes, a recuperar nuestras tierras usurpadas y sobre todo a gobernar democráticamente nuestro territorio). Colocar por delante de nuestras legítimas diferencias, al Wallmapu, el país mapuche, es la mejor forma de que se nos respete y la mejor forma de avanzar hacia la unidad.
* Rodrigo Marilaf es integrante de la mesa directiva nacional del Partido Nacionalista Mapuche Wallmapuwen.

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